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viernes, 5 de junio de 2026

Religión, laicidad y secularismo en una sociedad pluralista contemporánea

 

Alejandro Guevara Arroyo

 

 

1.          Laicidad republicana: una concepción

Aquí y en cualquier lugar del mundo, solo un orden político laico puede ser legítimo. Si ese orden político es republicano, debe constituir un espacio social particular: el de la comunidad política habitada por la ciudadanía.

Tal es el «espacio de aparición» (Arendt) de la política: el ámbito que surge cuando ciudadanos que se comprenden como libres e iguales comparecen unos ante otros mediante la palabra y la acción para abordar y decidir sus asuntos comunes. Las cuestiones que ahí se abordan son las del bien común, los derechos y la justicia.

En ese espacio, la ciudadanía ha de sopesar dichas cuestiones mediante la deliberación pública, la crítica política y la consideración de las evidencias disponibles. Ello es así porque la política democrática existe esencialmente bajo condiciones de pluralidad. Ahí ninguna persona, grupo o institución dispone de un acceso privilegiado, o evidente, a la verdad política y, por tanto, los asuntos comunes deben quedar sometidos al juicio recíproco y abierto de los ciudadanos.

 Pero, por ello mismo, en ese ámbito no tiene ni puede tener cabida la apelación a las instituciones religiosas como fuentes de autoridad política. Estas se presentarían como autoridades extrapolíticas invadiendo un espacio social que no les es propio —el público—, degradándolo y degradándose a sí mismas en el acto.

2.          El lugar de la religión en la sociedad civil para una visión secular humanista

Pero, además, para cualquier sociedad civil multitudinaria, moderna y pluralista, solo resultan aceptables religiones que estén secularizadas. Es decir, cuerpos religiosos que hayan renunciado a considerarse legitimados para imponer, mediante la fuerza, el engaño o el poder político, su propia visión de la vida a las personas o a la sociedad.

En efecto, las instituciones religiosas pueden saludablemente ocupar muchas dimensiones de la vida social e individual, pero únicamente en tanto acepten que sus participantes ingresan, llevan adelante esa forma de vida y se mantienen en ella por su propia voluntad libre de dominación. Vale notar que, aquí también, dichas restricciones impuestas al accionar de las instituciones religiosas operan en su favor: las preservan en su dimensión benéfica y saludable.

3.          Sobre la vigencia de la crítica secular a las religiones institucionalizadas

 Históricamente, las religiones institucionalizadas han tendido a buscar mecanismos para romper estos límites o, más exactamente, evitar que se les impongan. La razón de fondo, creo, es la adictiva hybris (desmesura) de poder que puede surgir cuando ciertas personas o grupos disponen del manejo de una dimensión tan sutil y sensible como el fenómeno religioso. Tal es y ha sido un peligroso riesgo para el clero en todas sus presentaciones.

    Por todo ello, la vigilancia y la crítica secularistas nunca pueden estar muy lejos, bajo pena de que la sociedad, la república y la propia religión sucumban a la perversión de la tiranía teocrática.
 

 


Persepolis - Marjane Satrapi 

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Atria: sobre violencia y revolución

Alejandro Guevara Arroyo 

 

La obra de Fernando Atria, ‘La forma del Derecho’ (2016, Marcial Pons) se encuentra llena de provocaciones y fascinantes sugerencias.

Un ejemplo interesante se encuentra en el penúltimo capítulo, intitulado ‘Significando imperfectamente’. Ahí hay un subtítulo (el último, a decir verdad), a su vez titulado ‘La Revolución’. Citando al conservador español Donoso Cortés, Atria recuerda que esa es ‘la palabra más terrible de todas’. Atria rescata un pasaje de una carta con la que el anarquista Proudhon respondió a Marx, allá en 1846. Este le escribió al primero para invitarlo a formar una red para prepararse para cuando llegara “el momento de la acción”. Copio abajo la respuesta de Proudhon.



Atria toma dicho pasaje y lo aprovecha para presentar un análisis de la idea de revolución. El argumento puede reconstruirse del siguiente modo:

Pártase de que las condiciones de vida contemporáneas, incluidas las políticas, son de alienación y opresión. Por supuesto, esto es también cierto de las instituciones constitucionales vigentes (v.g. las de la democracia representativa). La revolución consistiría en superar dicha condición y, así, llevar vidas plenamente humanas (de “libertad o igualdad”, como dice, agudamente, Proudhon). Consecuentemente, la forma de vida posterior sería radicalmente distinta a la actual. Se produciría un cambio cualitativo, en tanto se superaría aquello que determina la alienación y opresión de todas las personas.

Aparece, sin embargo, una pregunta clave para el presente: ¿cómo saber positivamente si un curso de acción nos encamina en la dirección pretendida? ¿Podemos confiar en disponer de episteme sobre este asunto? La respuesta atriana es contundentemente negativa y no sólo por las dificultades epistemológicas que aquejan a todo conocimiento humano. A estas ha de agregarse una tara inmanente que pesa sobre el sujeto que dictamina las propias condiciones de alineación.  

 He aquí el argumento sintetizado. Tómese en serio la  premisa de alienación generalizada bajo nuestras formas de vida actuales. En tales condiciones, las facultades de comprensión se encuentra también distorsionadas. De ahí que, desde nuestras condiciones actuales (alienadas), no disponemos de garantías suficientes de que podemos conocer positivamente cómo será esa vida futura genuinamente humana. Pero resulta normativamente injustificable emprender acciones violentas sin tales garantías. El momento de la acción al que alude Marx “sería simplemente una apelación a la fuerza, a la arbitrariedad” “un shock” (como agudamente dijo Proudhon, a quien Marx y Engels situaron entre los socialistas “utópicos”…).

Para quienes comprenden que la superación de la alienación es el objetivo de la acción política, la cuestión planteada por Atria es ciertamente retadora. La respuesta del pensador chileno opera como una aplicación de su ‘teología política apofática’. Sólo a través de la tensión que provoca vivir bajo instituciones que prometen la libertad y la igualdad, pero que no las cumplen plenamente (ni pueden hacerlo), podemos intuir la ruta que justifica normativamente la acción. Bajo las formas de vida políticas que constituyen las instituciones democráticas vigentes, experimentamos la tensión cognitiva de su promesa y su incumplimiento. Y en el intento de profundizar y de realizar lo que entendemos son esas promesas, vemos (como a través de un vidrio esmerilado) la silueta del otro futuro.

En cambio, tanto el liberal como lo que podría llamarse izquierdista ingenuo, son incapaces de vislumbrar la ruta de salida, piensa Atria. Uno porque cree que bajo las instituciones constitucionales vigentes realmente vivimos en libertad e igualdad. El otro porque asume que esas instituciones son sólo opresión y engaño (i.e. no incluyen ninguna verdad) e imagina que es suficiente con pasar “al momento de la acción”, abolir lo vigente, para desde ahí dirigirse con confianza hacia la utopía.

Así, en pocas páginas, Atria presenta el sentido profundo de la idea de Revolución, plantea una de sus preguntas filosóficas más importantes y propone una sugerente propuesta para abordarla.