.

.
Mostrando entradas con la etiqueta crítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crítica. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de abril de 2025

Una falacia informal en la discusión pública: la confusión pragmática entre crítica y coerción

 Alejandro Guevara Arroyo

 

1.          Introducción

Sabemos que la lógica formal es el ámbito de estudio normativo uno de cuyos focos está en la abstracción y refinamiento de las reglas formales de la correcta inferencia. Estas, en algún grado, están ya vigentes en diversos contextos de razonamiento o argumentación[1]. A su vez, en el estudio lógico, el desempeño de estas reglas es analizado considerando los argumentos en sus facetas estructurales, abstrayéndoles así buena parte de su contenido. Eso es: formalizándolos (y simbolizándolos). Tal clase de instrumentos y reglas es lo que se encuentra típicamente en las secciones de los manuales de lógica dedicadas a la lógica deductiva, ora de primer orden, ora de segundo orden, modal, deóntica, etc.

Existe un ámbito alternativo de estudio sobre la forma y corrección de los argumentos. Se trata de lo que difusamente se suele denominar como lógica informal (o material), a la que pertenece el estudio de estructuras de argumentos no formalizados, en donde se complementan las consideraciones sobre los defectos estructurales de los argumentos con la consideración de errores o consecuencias pragmáticamente implausibles que presuponen o implican. En ocasión también se habla utiliza esa voz para el estudio informal de maneras no deductivas de razonamiento y, ante todo, de los llamados argumentos abductivos.

En los siguientes párrafos me interesa manejarme dentro de este segundo ámbito y analizar una clase de argumento defectuoso que se me ha presentado más de una vez en la vida diaria, incluso recientemente; un paralogismo (o falacia informal), podríamos decir. Lo he notado, en especial, en contextos de deliberación sobre cuestiones que genéricamente podemos denominar de ‘razón pública’, o sea, discusiones sobre asuntos prácticos que pretenden ser relevante para todas y todos en tanto comunidad. Le he denominado paralogismo informal de falsa censura o de confusión pragmática entre crítica y coerción.

2.          Un diálogo imaginario en una reunión ciudadana para discutir un asunto de interés público

Loreano: Lo que sucede en este asunto es que el funcionario Pasquino es un corrupto. Así lo ha denunciado la periodista Behemencia. Mi posición es que deberíamos manifestarnos en esos términos contra Pasquino.

Amancia: Es un punto a considerar. Sin embargo, debo señalar que la acusación de Behemencia no ha sido confirmada por ninguna autoridad, y las pocas pruebas que ha ofrecido presentan ciertas inconsistencias. Además, el cuerpo de investigadores de Molestos con las mentiras ha señalado que la situación denunciada no encuadra en la categoría de corrupción y han dado pruebas que matizan lo dicho por Behemencia. A la luz de todo ello, parece que todavía no tenemos bases suficientes para sostener una conclusión tan contundente sobre Pasquino. Lo correcto sería investigar más y esperar antes de tomar acciones precipitadas. Loreano y el grupo actuarían de manera precipitada si procedieran de otro modo.

Rogelio: ¡Ah! Ya veo lo que pretende Amancia en todo esto. Lo que busca es censurarnos a quienes queremos sostener una crítica a Pasquino: parece que en este grupo solo se puede tener una posición, y si uno no está de acuerdo, buscan acallarlo.

Amancia: Para ponderar la posición que sostiene Rogelio, hemos de abordar otro tipo de discusión, de otro nivel, por así decirlo. Rogelio ya no discute propiamente el tema que nos ocupaba, sobre Pasquino, sino que alude a la actividad que estamos realizando. Según él, ciertas formas de dicha actividad serían indeseables. Acá caería lo que yo he dicho. ¿Te comprendo bien?

Rogelio: ¡Exactamente! Usted busca que no hablemos, que no sostengamos nuestras posiciones. ¡Nos busca censurar!

Amancia: Bien. Examinemos esta posición con algún detenimiento. Para ello, lo primero es clarificar en qué tipo de actividad estamos participando. Creo que podemos denominar genéricamente a dicha actividad argumentación. Hay muchos otros tipos de prácticas sociales: saltar en un concierto, realizar compras en una feria, llorar en un funeral. También hay diversas clases de argumentación, aunque lo que voy a sostener en breve entiendo que les es común a todas.

Por supuesto, las diversas clases de actividades no basan sus diferencias físicas propiamente, sino que dependen de nuestra capacidad, como participantes potenciales, de reconocer qué acciones y reacciones son adecuadas en cada contexto práctico.

Nótese que he utilizado la expresión ‘adecuadas’: se trata de un concepto normativo. Todas las prácticas humanas están constituidas y definidas por cierta normatividad, que es asumida por quienes las realizan. Esta normatividad es la que nos habilita para distinguir qué es adecuado y qué incorrecto en cada contexto. A veces esta normatividad es explícita (por ejemplo, cuando se indican códigos de vestimenta para un evento), pero, este o no formulada, siempre existe un cierto nivel implícito en toda práctica. Naturalmente, no se trata de leyes naturales: podemos explicitar y modificar las reglas que definen nuestras prácticas, y a veces lo hacemos.

Pues bien, entiendo que tu acusación consiste en sostener que he transgredido una regla de nuestra actividad de argumentación y deliberación: que he intentado forzar impropiamente a otra persona a abandonar lo que cree.

Rogelio: Un discurso bastante extenso, pero efectivamente algo así supongo.

Amancia: En ese caso, debés notar que tu posición presupone una cierta idea sobre qué es la actividad de discutir y argumentar, en la que estamos participando. Ahí se entiende que quienes participan buscan sostener sus posiciones sobre ciertos asuntos de manera apropiada. Pero, ¿qué podría significar esta expresión?

Rogelio: Quiere decir, obviamente, que cada quien debe sostener sus posiciones razonadamente, fundándolas en razones.

Amancia: ¿En cualesquiera razones?

Rogelio: Bueno, las mejores que se le ocurran. Razones pertinentes al tema, supongo, y fundadas en conocimiento sólidamente probado.

Amancia: No avancemos tanto. Quedémonos con el primer punto. Pareciera que la práctica que estamos realizando supone que lo correcto ahí es que cada quien debe sostener sus posiciones fundándolas en razones que considere adecuadas o correctas.

Rogelio: Así es.

Amancia: Pues bien, justamente por ello la crítica a las posiciones sostenidas en una argumentación es una parte esencial de dicha clase de actividad. Criticar significa buscar defectos en los argumentos y posiciones presentadas. Según vos mismo has aceptado, las posiciones deben fundarse en buenas razones, lo que implica que no deberían ser defectuosas. De este modo, la crítica es constitutiva de la argumentación y la deliberación, pues está dirigida a mostrar razones defectuosas. Si excluyéramos las críticas de la deliberación, desaparecería una de sus partes esenciales. Justamente, lo que hice en mi intercambio con Loreano fue criticar. No tendría sentido decir que con mis actos intenté forzar impropiamente a otros a sostener algo.

Rogelio: Me está malinterpretando. Yo no niego que se pueda criticar: critique lo que quiera. Pero usted hace algo más. Nos dice qué debemos sostener y creer. Eso de buscar obligarnos a adoptar ciertas posturas es, precisamente, parte de su intento de censura (que, por supuesto, rechazo).

Amancia: Ahora creo que comprendo mejor. Es cierto que al cerrar mi argumento sobre Pasquino propuse un punto de vista sobre cómo deberíamos actuar (dado que estamos ante un asunto práctico). En otras palabras, propuse una posición normativa sobre lo que debe hacerse. Sin embargo, tu objeción acá tampoco me parece viable, por lo siguiente.

En primer lugar, debe notarse que un acto de censura como la que a vos te preocupa supone la existencia de una orden o norma obligatoria emitida por quien pretende censurar. Sin embargo, en el tipo de actividad en el que participamos, yo no tengo ninguna autoridad especial: no puedo imponer órdenes ni establecer normas obligatorias. El enunciado normativo que formulé no busca imponerse como mandato, sino que se sostiene únicamente por las razones que ofrecí. Por así decirlo, su única “autoridad” proviene de la fuerza de las razones, no de un poder de quien la expresa.

Ahora bien, emitir enunciados normativos de este tipo también parece ser intrínseco a la argumentación práctica. Imaginemos, para ilustrarlo, que instauráramos una regla alternativa según la cual, en el contexto de una discusión pública y práctica, nadie pudiera proponer enunciados normativos sobre cómo debemos comportarnos o sobre lo que debemos creer, aun cuando estén fundados en buenas razones. Cada quien expondría razones sobre un asunto y luego debería guardar silencio para “no censurar” a sus interlocutores. ¡Qué práctica tan extraña y poco parsimoniosa de argumentación sería esa! Es dudoso incluso que estaríamos dispuestos a calificarla como tal.

Es cierto que, en intercambios sobre asuntos de la razón pública (especialmente si son emocionalmente sensibles), debemos manejarnos con prudencia: no contribuye de ninguna forma a esa práctica el maltratar a las personas mediante expresiones hostiles o insultantes. Pero sería pragmáticamente implausible extender esa necesaria cortesía hasta prohibir la propia actividad de discutir, criticar y proponer posiciones normativas contrapuestas y basadas en razones. Por todo ello, también en este punto estás equivocado.

3.          Conclusión

        Como ya adelanté, podríamos llamar a este un paralogismo informal de falsa censura o de confusión pragmática entre crítica y coerción. Eso es, efectivamente, lo que en casos como estos y otros análogos sucede. En síntesis, el error estriba en una confusión radical a nivel del tipo de práctica normativa en la que se está participando y lo que esta presupone., al no distinguir entre críticas (que son parte constitutiva de la argumentación y, por ende, de la deliberación sobre asuntos públicos) y el ejercicio de la coerción (que es un tipo de actividad autoritativa y de la cual la ‘censura’ sería una especie).

En síntesis, debe entenderse como un presupuesto pragmático-normativo de la práctica misma de argumentar que:

(a)    discutir un punto no es censurar al interlocutor,

(b)    criticar una posición no necesariamente implica maltratar a quien la expresa,

(c)    y sostener una postura no es imponerla.

En cambio, homologar estas diversas prácticas lleva a una contradicción pragmática y, de ahí, el paralogismo.

La propia práctica de la deliberación y argumentación es intrínseca al ideal democrático[2]. Recuérdese que, para citar el prólogo de la famosísima Introducción a la lógica de Copi/Cohen, “las instituciones democráticas requieren que los ciudadanos piensen  por sí mismos, que discutan libremente los problemas y que tomen decisiones con base en la deliberación y la evaluación de evidencias”. Así, preservarnos de confusiones como las del paralogismo presentado, resulta no sólo relevante para toda persona que valore la racionalidad, sino también para quien estima el ideal mismo de Democracia.



[1] La argumentación, obviamente, es una práctica humana. Podemos abstraer ciertas facetas de dichas prácticas en  contenidos, que se nos presentan como argumentos o razonamientos (expresiones por cierto sinónimas).

[2] Por lo menos, a la versión del ideal que yo defiendo: la democracia como un foro (Elster).

 

domingo, 27 de junio de 2021

Sobre La Ilustración Radical, La Filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750, de Jonathan I. Israel


Alejandro Guevara Arroyo

 1.        Algunos días atrás concluí el considerable y polémico volumen titulado La Ilustración Radical, La Filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750, de Israel[1]. Me ha tomado varios meses de lectura continua, pues el libro alcanza las mil páginas. Se trata de una de las varias obras sobre el tema redactadas por Israel (muchas de cuyas tesis son disputadas, aunque se acepta bastante la erudición del abordaje y sus reconstrucciones más puntuales). Este conjunto es completado por Enlightenment Contested, Democratic Enlightenment: Philosophy, Revolution, and Human Rights 1750-1790 y The Enlightenment that Failed : Ideas, Revolution, and Democratic Defeat, 1748-1830 (extensos libros que por ahora no tengo planes de leer).

2.        Tras leer la obra me doy cuenta lo difícil que es dimensionar las importantes repercusiones que la Ilustración tuvo sobre las ideas y prácticas de occidente. Esta comprensión se complica aún más debido a las múltiples y malintencionadas trivializaciones y descontextualizaciones a las que han sido sometidos en nuestros días muchas de sus propuestas claves y de los personajes que las llevaron adelante. La obra de Israel busca disipar estos malentendidos.

3.        El tomo en cuestión se dedica a explorar y ubicar la rama más radical de la Ilustración, cuyos representantes causaron pánico en toda Europa. Estos ilustrados fueron excluidos de espacios públicos, despedidos de sus trabajos, censurados por autoridades políticas y eclesiásticas, muchas veces se les prohibió habitar en ciertos espacios y, en algunos casos, se los apresó e incluso ejecutó.

En la base de la práctica e ideas filosóficas radicales se encontraba una convicción (más o menos consistentemente defendida): la plena autonomía moral y epistémica de cada persona humana, lo que implicaba que cualquier idea, norma, institución o práctica social sólo debía considerarse aceptable si resultaba convincente a la luz de las razones evaluadas críticamente. Según Israel, esta posición fue paradigmáticamente ejemplificada en la figura más notable del radicalismo: Baruch de Spinoza (1632-1677), un filósofo que, debido a sus ideas, fue denostado en vida por autoridades de todas las religiones como una de las personas más peligrosas (sino la más peligrosa) para la humanidad.  

4.        La obra de Israel describe muchos episodios importantes de este periodo, propuestas interesantes y rodeadas de polémicas y un sinnúmero de ideas de profundo interés filosófico. Rescataré tres notas:

4.1    Como se sabe, durante la modernidad europea se ejecutaron algunas de las persecuciones religiosas jurídicamente justificadas más importantes de occidente. Especialmente famosos son los procesos y la penalización contra la brujería y otros hechos análogos, que acontecieron tanto en el mundo católico como en el protestante. Felizmente, estas normas jurídicas han dejado de existir. Lo que quizás no se recuerda suficiente es aquel punto sobre el que ha insistido el teólogo cristiano contemporáneo Hans Küng: no fue por un movimiento interno a las religiones que estos procesos jurídicos dejaron de existir. En cambio, la clave se encuentra en el descredito en que cayeron todo el trasfondo de ideas que brindaban sentido a un mundo en el cual existían fuerzas demoniacas, la brujería e influencias malévolas sobrenaturales de otros tipos. Dicha defenestración intelectual fue conducida por la Ilustración y, específicamente por los radicales. Muchos de ellos, como mencioné antes, pusieron su prestigio y seguridad en juego por criticar (en parte o en todo) dicha cosmovisión. En tal empresa intelectual fueron principales el trabajo de Van Dale, Bekker, Leenhof, Fontenelle y el propio Spinoza (quienes además solían insistir que dichas supersticiones eran útiles para oprimir al pueblo, manteniendo a las personas atemorizadas y sometidas).

4.2. Otro hecho clave fue la emergencia o apertura de una práctica social absolutamente revolucionaría: en diversos cafés, salones, espacios públicos e intercambios epistolares, aparecieron figuras femeninas que mostraban plenas capacidades para debatir sobre los temas filosóficos más abstractos concebibles. Este acontecimiento, resistido por las autoridades eclesiásticas y tradicionales, y recibido con moderado desencanto por muchos, fue, por otros, aceptado como una parte de la ilustrada República de las Letras (algunos pocos, incluso, lo celebraron y apoyaron, verbigracia Radicati). Por supuesto, se trataba de una lucha emancipatoria muy difícil, y sola unas pocas mujeres pudieron realmente disfrutar de un respeto intelectual horizontal con sus congéneres masculinos, pero la apertura de este frente mostraba que el mundo intelectual no estaba (o no debía estar) intrínsecamente cerrado a un género.

 Un caso será suficiente para ejemplificar la radicalidad de este proceso: la Electriz Sophie von der Pfalz (1630-1714) no sólo fue en vida una anfitriona de debates filosóficos entre las mayores personalidades de sus días, sino que fue reconocida por todos como una profunda conocedora de las filosofías más novedosas, como las de Descartes e incluso Spinoza (cuyas ideas, desafiante, defendió en algunas cartas). Su capacidad argumentativa era tan notable, que nada menos que el polímata Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) la consideraba una interlocutora importante y discutieron extensamente sobre la evolución de la filosofía de sus días.

4.3. El tercer hecho importante que quiero mencionar sobre el periodo y sobre la ilustración radical es que, en las obras y discusiones de algunos de ellos, aparece una palabra que durante casi dos milenios había estado maldita: democracia (junto con la idea de que la fuente última de la autoridad política legítima era la ciudadanía o pueblo).

Hasta entonces, la locución más cercana para expresar una alternativa a la monarquía y a la oligarquía era república. Pero muchos radicales retomaron la palabra y la idea de la democracia, considerada por buena parte de la intelectualidad de sus días (y, por supuesto, por la autoridad política) como un diseño y un principio de gobierno intrínsecamente indeseable e inestable. La historia moderna de esta palabra (como ha dicho Dunn) es muy complicada, pues la posteridad la usurpó para calificar un diseño que se creó en parte para contener al propio principio democrático: el diseño de gobierno planteado en la Constitución de los Estados Unidos de América. Sin embargo, las consecuencias (radicales) vistas por estos ilustrados (radicales) del principio democrático, han quedado consignadas también en nuestros diseños institucionales y en nuestras propias creencias políticas fundamentales, impulsando y presionando en todo lugar por una forma de vida política común menos elitista y facciosa. 



[1] Reimpresión del 2017, publicada por en México por Fondo de Cultura Económica. 

lunes, 19 de marzo de 2018

Ontología científica del conocimiento: una conjetura


The tentative solutions which animals and plants incorporate into their anatomy and their behaviour are biological analogues of theories; and vice versa: theories correspond (as do many exosomatic products such as honeycombs, and especially exosomatic tools, such as spiders' webs) to endosomatic organs and their ways of functioning. Just like theories, organs and their functions are tentative adaptations to the world we live in. And just like theories, or like tools, new organs and their functions, and also new kinds of behaviour, exert their influence on the first world which they may help to change.
                                                                Karl R. Popper, Objective Knowledge, 65.




0.1.     Me gustaría defender que la existencia de racionalidad depende en parte de capacidades comportamentales biológicas muy fundamentales en los humanos. Al tiempo, ubicaré algunas funciones que estas capacidades tienen para el conocimiento objetivo (i.e. proposiciones, argumentos y teorías).
0.2. El siguiente es un modelo empírico[1] sobre las características de la racionalidad y conocimiento racional, entendido como una capacidad/disposición comportamental (del comportamiento mental) biológica (y por ende, evolutivamente posibilitada) del ser humano. Sin embargo, se aclarará en los casos en que lo afirmado es común al humano y otras especies. Empero, no trata sobre el valor epistémico del conocimiento. En atención a las distinciones brindadas en entradas previas, este modelo y concepción, incluye tesis ontológicas y antropológicas. Veamos.
1. Dentro de las capacidades comportamentales del humano, están aquellas que se existen en la mente y son por ende acaecimientos mentales. Ahora, dentro de estas, se encuentran aquellas cuya función evolutiva es dar soluciones –de eficacia incierta- a problemas que los organismos humanos enfrentan en sus vidas. Así, la existencia de la clase de las soluciones es consecuencia de la existencia de aquellas capacidades.
1.1. Obviamente, el humano comparte esta capacidad con todos los organismos vivientes, con la salvedad de que para muchas especies dichos acaecimientos no son mentales (ya sea, al menos, pues muchos carecen de cerebro).
2.              Existe un sub-conjunto de estos productos/acaecimientos, que consisten en la solución de problemas sobre qué, cómo y por qué[2] ciertos acaecimientos suceden y la forma en que suceden (llamo a estos problemas, problemas explicativos). Estas soluciones son productos intelectuales y mentales, pues su acaecimiento en un organismo no es condición suficiente de un cambio en el mundo externo a este organismo. 
2.1.          Los problemas sobre qué está sucediendo son problemas explicativos de una clase biológicamente muy simple o primitiva. Tales son cuestiones comunes a todas las formas de vida. De forma que mucho de lo que se dirá a continuación con respecto a la solución de estos problemas es común a otras formas vida diferente a la humana.
2.2.          Ahora, que exista la capacidad de dar soluciones a la clase de los problemas explicativos, no dice nada sobre si estas soluciones son adecuadas[3], ni a partir de qué criterio distinguiremos lo adecuado de lo inadecuado.
3.              Un criterio de distinción sobre la idoneidad de las soluciones a esta clase de problemas, es el éxito en el uso del producto-solución. Establecer el éxito en el uso de tal solución es mostrar su correspondencia entre lo que ahí se afirma y el mundo. Un procedimiento común para determinar dicho éxito (aun en la actualidad) son las formas simples de contrastación empírica.
3.1.          Llamo verdad a la propiedad de aquello que una solución afirma si se corresponde con lo afirmado del mundo y falsedad cuando no se corresponde. En otras palabras, verdadero es el contenido de una solución a un problema explicativo cuando este es exitoso y falso cuando no lo es. Y es exitoso cuando lo que describe o explica en efecto sucede y falso cuando lo que describe o explica no sucede. 
3.2.          Aunque el brindar soluciones y el contrastarlas puede ser algo que un individuo haga, esta capacidad es de la especie.
3.3.          Hasta aquí hemos caracterizado acaecimientos que se dan en todas las formas de vida. Aún estamos lejos de presentar el hecho humano que llamo conocimiento y aún más de aquello que llamo conocimiento racional.
4. El siguiente paso consiste en notar otra capacidad de la especie humana: el lenguaje. En específico, prestaremos atención a dos manifestaciones de esa capacidad: la descriptiva y la argumentativa. Esta última es la capacidad lingüística de establecer que la idoneidad de lo afirmado en una solución es consecuencia de la idoneidad de otra afirmación. La primera se da en otras especies animales. La segunda es -hasta donde sabemos- específicamente humana.
4.1.  Debido a la primera, las soluciones de un organismo humano a un problema explicativo, pueden ser soluciones también para a la comunidad a la que pertenece el organismo.
0.1.1.      Pero esto es cierto también de otros organismos que poseen la capacidad del lenguaje descriptivo.
0.2.          Debido a la segunda, la actividad de contrastación, discusión y crítica de las soluciones puede ser (y lo es) una actividad comunitaria.
1.              Llamo razones, a una clase de expresiones lingüísticas que tienen -como condición necesaria de su existencia- la existencia de la capacidad argumentativa. Quizá la función más simple de las razones, consiste en comunicar el éxito o fracaso de una solución.
5.1. Distingamos aquí entre dos clases de razones que señalan el éxito de una solución a un problema explicativo:
(i) aquellas que transmiten la correspondencia entre lo afirmado por la solución y el mundo (o de alguna afirmación implicada por la solución y el mundo). Esto es, aquellas que informan sobre el éxito de una contrastación; y,
(ii) aquellas que apelan a un procedimiento diverso, v.g. la convicción sentida del éxito más allá de alguna contrastación (v.g. mediante la intuición).
5.2. Las razones pueden reconstruirse en argumentos y analizarse a partir de reglas formales (i.e. sobre su forma). Esta es la función básica de las reglas de las distintas clases de lógica (de las cuales la deductiva y la inductiva son las más importantes para el conocimiento)[4].
6. Llamo conocimiento al contenido de soluciones a problemas explicativos que pretenden ser verdaderos y a las razones (de toda clase) que pretenden sustentar la verdad de esas soluciones. [(Contenido de las soluciones ^ Contenido de razones) <-> conocimiento].
6.0.1. El contenido de las soluciones y de las razones se puede reconstruir en enunciados y argumentos.
6.1. Decir que una hipótesis explicativa está justificada, es decir que -en atención a ciertas razones (i.e. ciertos argumentos)- una solución a un problema explicativo es exitosa.
6.2. Decir que un conocimiento es correcto, es decir que tanto la solución como las razones que la sustentan son idóneas.
7. Llamo conocimiento racional a aquel en el cual:
(i) Sus razones sustentan la verdad de la solución apelando a criterios que tratan de alguna clase de contrastabilidad.
(ii) La verdad de las propias razones es evaluable a partir de alguna clase de contrastabilidad.
(iii) Todos los argumentos cumplen reglas formales determinables o reconstruibles (i.e. reglas lógicas).
7.1. Una condición necesaria de que un conocimiento sea racional, es que tanto las razones como las hipótesis explicativas (que lo forman), sean evaluables siempre mediante criterios intersubjetivos.
7.2. De forma que en el conocimiento racional es necesariamente criticable mediante criterios de evaluación intersubjetivos.
7.3. Además, la existencia de la propiedad de racionalidad de un conocimiento depende necesariamente de la existencia de ciertas capacidades comportamentales que se desarrollaron, aplican y funcionan en (a lo interno de) prácticas normativas (o institucionales) grupales (i.e. entre varios organismos). Se trata de prácticas normativas en donde la crítica racional cumple un papel importante (valioso) para los propios participantes.
9. Llamo conocimiento irracional o dogmático, al conocimiento cuya verdad es establecida mediante razones no evaluables utilizando criterios intersubjetivos. En otras palabras, se trata de productos intelectuales en los que la crítica de las razones en favor o en contra de soluciones no es considerada valiosa.



[1] Quiere decir que es un modelo que pretende explicar características fundamentales de una clase de acaecimientos-acciones. Existe un problema diferente: el normativo/axiológico de cómo valorar entre distintos sub-conjuntos de esa clase. Por otra parte, este es un modelo que pretende ser compatible (i.e. no contradictorio) con varias de las principales corrientes teóricas en biología, neurociencias y antropología biológica. Además, debe ser explicativamente útil en la teorización tanto del comportamiento cognitivo como del normativo humano (en tanto es presupone conocimiento objetivo del mundo). También podríamos llamar a lo que sigue descripciones fenoménicas.
[2] Ejemplo de problema de qué: ¿Qué es x? Solución: es peligroso. Solución: es comestible. Solución: es de la tribu o comunidad, etc. // Ejemplo de problema de cómo: ¿Cómo sucedió x? Solución: transitando el sol siempre en el cielo, en cierta dirección, se llega a x. Solución: si le grito a otro miembro de la tribu, lo intimido. Dado que le grité, lo intimidé. // Problema del por qué: ¿Por qué pasó x? Solución: Porque siempre que realizo esta acción, sucede x consecuencia. Solución: porque si ofendo al chamán, cosas malas, como x, suceden. // Obviamente, los límites entre estas clases de problemas pueden ser difusos.  
[3] Claramente, se requiere una definición estipulativa, útil para este contexto discursivo.
[4] Desde esta perspectiva, la forma lógica y las reglas lógicas son (de alguna forma) idealizaciones o modelizaciones de procesos argumentativos efectivos. Por su puesto, reconocer esto no conlleva que las teorías de las lógicas deba o pueda reducirse (en ningún sentido técnico del término) a teorías biológicas, psico-neurológicas o antropológicas.