Alejandro Guevara Arroyo
1. Laicidad republicana: una concepción
Aquí y en cualquier lugar del mundo, solo un orden político laico puede ser legítimo. Si ese orden político es republicano, debe constituir un espacio social particular: el de la comunidad política habitada por la ciudadanía.
Tal es el «espacio de aparición» (Arendt) de la política: el ámbito que surge cuando ciudadanos que se comprenden como libres e iguales comparecen unos ante otros mediante la palabra y la acción para abordar y decidir sus asuntos comunes. Las cuestiones que ahí se abordan son las del bien común, los derechos y la justicia.
En ese espacio, la ciudadanía ha de sopesar dichas cuestiones mediante la deliberación pública, la crítica política y la consideración de las evidencias disponibles. Ello es así porque la política democrática existe esencialmente bajo condiciones de pluralidad. Ahí ninguna persona, grupo o institución dispone de un acceso privilegiado, o evidente, a la verdad política y, por tanto, los asuntos comunes deben quedar sometidos al juicio recíproco y abierto de los ciudadanos.
Pero, por ello mismo, en ese ámbito no tiene ni puede tener cabida la apelación a las instituciones religiosas como fuentes de autoridad política. Estas se presentarían como autoridades extrapolíticas invadiendo un espacio social que no les es propio —el público—, degradándolo y degradándose a sí mismas en el acto.
2. El lugar de la religión en la sociedad civil para una visión secular humanista
Pero, además, para cualquier sociedad civil multitudinaria, moderna y pluralista, solo resultan aceptables religiones que estén secularizadas. Es decir, cuerpos religiosos que hayan renunciado a considerarse legitimados para imponer, mediante la fuerza, el engaño o el poder político, su propia visión de la vida a las personas o a la sociedad.
En efecto, las instituciones religiosas pueden saludablemente ocupar muchas dimensiones de la vida social e individual, pero únicamente en tanto acepten que sus participantes ingresan, llevan adelante esa forma de vida y se mantienen en ella por su propia voluntad libre de dominación. Vale notar que, aquí también, dichas restricciones impuestas al accionar de las instituciones religiosas operan en su favor: las preservan en su dimensión benéfica y saludable.
3. Sobre la vigencia de la crítica secular a las religiones institucionalizadas
Históricamente, las religiones institucionalizadas han tendido a buscar mecanismos para romper estos límites o, más exactamente, evitar que se les impongan. La razón de fondo, creo, es la adictiva hybris (desmesura) de poder que puede surgir cuando ciertas personas o grupos disponen del manejo de una dimensión tan sutil y sensible como el fenómeno religioso. Tal es y ha sido un peligroso riesgo para el clero en todas sus presentaciones.
Persepolis - Marjane Satrapi
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