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martes, 25 de febrero de 2014

Dos extractos de cómo se debe vivir, tomados de las Meditaciones del Princeps Marco Aurelio Antonino Augusto:



L. II; 5. A todas horas piensa tenazmente, como romano y como persona, en hacer lo que tienes entre manos con seriedad meticulosa y sincera, con amor a la libertad y justicia, y en procurarte tiempo libre de todas las demás imaginaciones. Y te lo procuraras, si realizas cada acto como el último de tu vida, desprovisto de toda irreflexión, del rechazo apasionado a la razón impositiva, de la falsedad, del amor propio y de disgusto con la parte que nos ha tocado. […]
L. III; 10. […] Todavía recuerda que sólo vive cada cual este presente tan breve. El resto, o ya se ha vivido, o es incierto. Breve es pues lo que cada cual vive. Pequeño es el rincón de la tierra donde vive. Pequeña también la fama póstuma más larga, y está a través de la sucesión de hombres que rápidamente morirán y que no saben ni de sí mismos, ni, por supuesto, del que ya ha muerto.

domingo, 23 de febrero de 2014

Tres formas de discutir la regulación de la FIV

Alejandro Guevara Arroyo[1]


Recientemente en Costa Rica se ha revitalizado la discusión sobre si es deseable regular jurídicamente la técnica de la fecundación in vitro (declarada inconstitucional por nuestra Sala Constitucional (SC), voto No.2306-00). Creo que existen tres formas de discutir el tema, a partir de lo se considere como una justificación aceptable para sustentar una cierta posición política. Veamos:
La forma abogadil de discutir. El abogado litigante, a la hora de resolver las cuestiones jurídicas que se le presentan, se dedica a buscar alguna autoridad que apruebe una x solución. Estas autoridades son leyes y -más aún- la interpretación que de estas han hechos altos tribunales.
Esta forma de argumentación, perfectamente legítima para la práctica legal, ha sido extrañamente trasladada a la discusión política sobre si es deseable regular la FIV. Por ejemplo: se sustenta una postura recordando lo que la SC concluyó.
La forma abogadil es inadecuada, dado que es un ejemplo de falacia de apelación a la autoridad. Esto es, se intenta hacer aceptable una posición apelando a  autoridades y no a razones.
La forma esencialista de discusión. En la citada sentencia de la SC se argumentó así: si (i) en Costa Rica se respeta la vida como un derecho fundamental inviolable, (ii) se afirma que ya la conjunción de gametos femeninos y masculinos es vida y (iii) mediante la FIV se desechan multitud de estas uniones; luego (iv) la técnica en cuestión violenta el derecho a la vida.
La forma esencialista se dedica en problematizar el (ii) del anterior razonamiento. Se intenta descubrir la esencia o ‘verdadero’ significado del término vida. Para algunos esta esencia existe ya desde la unión de gametos, pues desde este momento hay un alma o porque es un ciudadano en potencia o quizá deba entenderse vida desde que la entidad tenga sistema nervioso (como señalan ciertos científicos) o alguna otra cosa por el estilo.
La forma esencialista presupone que existe algo así como un significado ‘verdadero’ o esencia del término vida. Empero, es un lugar común en la semántica (teoría del significado) que no existe tal significado esencial en los usos ordinarios de los términos. Lo que cada parte hace mediante la forma esencialista de discusión, es anteponer un significado frente a otro, una convención al lado de otra y intenta hacerlas pasar como si fueran las esencialmente verdaderas.
Esto es aplicable a los científicos que creen que los conceptos científicos constituyen el significado esencial de un término, como agudamente argumentó el ius-filósofo Haba (La Nación, “Zapatero, a tus zapatos...”, Foro, 07/11/2012) contra la posición defendida por A. Leal (La Nación, “La vida, la muerte y la Corte ”, Foro, 19/10/12).
En la discusión nacional sobre la FIV se ha dado una variopinta mezcolanza de las formas abogadil y esencialista. Por lo dicho, no creo que ninguno de ambos caminos correcto, pues llevan a un diálogo de sordos.
Existe una tercera clase de discusión. Según esta, las regulaciones jurídicas deben ser entendidas como medios creados por nosotros, para solucionar problemas que se dan en la sociedad (i.e. como tecnologías sociales). Para determinar cuál posición es mejor, se debe establecer cuál permite alcanzar, con mayor plausibilidad y con un balance de costo-beneficio favorable, el fin social considerado valioso. Esta vía permite sopesar consecuencias posibles mediante la observación y contrastación y es un medio que obliga a los interlocutores a explicitar sus valores y a no esconderlos.
En la cuestión de la FIV, creo que hay dos temas que deben ser discutidos de esta forma. Primero, si la regulación de la FIV beneficia las libertades jurídicas de las personas y la posibilidad jurídica de que desarrollen su vida según como crean más deseable.
Segundo, determinar si gracias a la regulación de la FIV se solucionan otras situaciones sociales in-deseables. Por ejemplo, si mediante la prohibición de la FIV se estimula la salida de recursos económicos del país o la proliferación de clínicas ilegales.
En fin, existen tres formas de discutir sobre la regulación de la FIV. Dos de ellas son racionalmente inadecuadas. La tercera es la que considero idónea. Este esquema constituye también un ejemplo de un modelo que podría ser aplicado a otras discusiones políticas y morales. 



[1] Este texto fue publicado originalmente el 5 de diciembre del 2012 en el Semanario Universidad (http://www.semanariouniversidad.ucr.cr/component/content/article/1952-Opini%C3%B3n/8490-tres-formas-de-discutir-la-regulacion-de-la-fiv.html).

martes, 18 de febrero de 2014

El teatro del horror en los noticieros y periódicos de Costa Rica

Alejandro Guevara Arroyo[1]

El filósofo del derecho y penalista costarricense Minor E. Salas, en un artículo intitulado “Theatrum Horroris: Nacimiento del derecho penal como espectáculo” (en: Cuadernos de Doctrina y Jurisprudencia Penal – Casación. Años VI/VII–N. 6/7-2006/2007. Buenos Aires: 2008), establece una peculiar conjetura histórica sobre un fenómeno propio de la aplicación Estatal de las brutales penas corporales. Estas han acompañado la historia de occidente desde la antigüedad y hasta la temprana contemporaneidad, pasando por el Medioevo y la modernidad cristiana. Concentrándose en estos últimos períodos, Salas apunta que las penas corporales aplicadas en espacios públicos (v.g. plazas) fascinaban a las multitudes, quienes se reunían para presenciar el sufrimiento personal de individuos a los que no conocían y con los que no tenían nada que ver.
            Desde hace mucho tiempo, tanto los penalistas como las autoridades estatales y el ciudadano común, defienden la tesis que las penas tienen tanto un fin (valor) como una función (real) preventivas del delito (posición general que, por otra parte, ha tendido a ser desmentida también por la criminología). No obstante, según se desprende de los múltiples e impresionantes ejemplos históricos documentados por Salas, en el caso de la aplicación pública de las severas penas corporales -por lo demás, una desgracia privada para el condenado- por lo menos una de sus funciones reales y normales, fue el macabro entretenimiento que significaba para las muchedumbres. Empero, hoy día ya no existe esta forma de penalización y el Estado mantiene escondidos a los delincuentes en las cárceles.
            Me gustaría presentar una sencilla hipótesis sobre un tema relacionado aunque diferente: la insistencia de muchos noticieros y periódicos costarricenses en atragantar al público con desgracias privadas posee una semejanza estructural notable con el fenómeno socio-histórico ya comentado sobre las penas corporales como mero espectáculo. Nótese el bajo valor informativo de las constantes reseñas sobre la agresión sufrida por fulano o el accidente automovilístico en que participaron tal o cual personaje. No nos permite tomar posición sobre medidas idóneas para solucionar algún problema estatal o social general, sea nacional o internacional. No explica las consecuencias o causas de algún fenómeno problemático, sea de las esferas social o natural.  Alguien podría replicar, quizá, que el ver constantemente a quién fue asesinado y a quién arrestó el OIJ nos permite inferir las dificultades generales en seguridad ciudadana que sufren algunas regiones del país. Sin embargo, respondo: eso no es lo que se presenta en los reportajes o reseñas (si aparece tal cuestión, apenas lo hace como un sucedáneo o mediante algún extraviado comentario de cierto desinformado penalista litigante).
No. Esta última tesis no parece obliterar lo que he afirmado. Otra luz se nos presenta, si contemplamos la marejada indiscriminada de ‘sucesos’ que se exhiben como una forma de entretener, como un Theatrum horroris. Aquí, en la relación de los noticieros y ciertos periódicos patrios con su público, lo relevante parece ser recrearse con el espectáculo de la desgracia privada. Las mentes permanecen dormidas y el desarrollo enterado de opiniones sobre problemas generales estancado. Después de todo, ya cada quien tiene sus dificultades personales ¿Qué importancia tiene entender las causas y problemas de la crisis económica que se desarrolla en Europa o lo que implica que uno de los principales candidatos republicanos en Estados Unidos afirme que la ciencia es una patraña y que el Sol gira alrededor de la Tierra? Son cosas lejanas. Mejor un accidente en motocicleta ocurrido en Pavas. ¿Para qué contemplar las posiciones de los agentes que forman parte de los conflictos laborales en las piñeras de Costa Rica o el desarrollo y orígenes del actual problema de la CCSS? Que me importan a mí esas cosas. Mejor es la imagen de las autoridades policiales despedazando el portón de la casa de un x personaje en Limón. Se busca así, el placer voyeur de contemplar las vidas privadas de otras personas, en especial si sufren.
Algunos noticieros son tan obstinados en su plan de recetar sucesos a sus televidentes, que los distribuyen durante toda la programación, de forma que uno ni siquiera puede seleccionar las pocas noticias relevantes. Si por casualidad se excluye la mención de desgracias, normalmente se substituye por alguna historia de la buena vida de b persona. Más vouyerismo.
En síntesis: he argumentado a favor de la hipótesis de una semejanza relevante entre la pena corporal pública como espectáculo, propia del occidente de tiempos pretéritos, y la insistente y todo abarcante presentación de ‘sucesos’ en noticieros y algunos periódicos nacionales: la desgracia personal y privada como espectáculo para las masas. Debo agregar que considero dis-valiosa tal forma de espectáculo, bastante desaparecida de los telediarios de otras latitudes (v.g. Deusche-Welle o TV española). Reitero que impide o estorba la posibilidad de que el ciudadano se informe sobre acontecimientos o problemas que sí son de importancia, tanto para su vida en su correlación con otras personas como para su participación en la sociedad de la que forma parte. Esto último, ayudar con el Sapere aude (atrévete a pensar) de Kant, es lo que debería considerarse valioso en los medios de comunicación de una sociedad que pretenda ser educada y con miras en ciudadanos responsables y sensatos. Para el individuo, el camino es quizá más sencillo: no comprar ciertos diarios y apagar el televisor.
            




[1] Una versión muy recortada de este texto apareció en la sección de Opinión del Semanario Universitario de la Universidad de Costa Rica, el 23 de agosto del 2011.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Epicúreo: ¿Qué deben probar los incrédulos?

Alejandro Guevara Arroyo[1]


            En la revista Dominical de la Nación del pasado 19 de enero, Jacques Sagot publicó un artículo titulado ‘El falso ateo y el falso creyente’, dedicado a caracterizar y criticar a cierta clase de creyentes y de incrédulos en la existencia de una divinidad. No analizaré los puntos centrales de dicho artículo. Me concentraré en una idea ahí presentada: “Podrían [los incrédulos] ser más humildes, y decir ‘No he encontrado a Dios, pero de ello no infiero ni pretendo que no exista´. No universalizar su sentir [más adecuadamente: su opinión].”. Con esta frase y algunas otras, el autor parece sugerir que el incrédulo asumiría una mejor posición (‘sería más humilde’) si, ante su imposibilidad de demostrar la existencia del ente divino (i.e. ‘no encontrar’ a Dios), no infiriera que no existe. Consiguientemente, que para aseverar la inexistencia del ente divino, hay que demostrarla; caso contrario, ‘lo humilde’ es no afirmarla.
            Suponiendo que mi interpretación sea correcta (puede no serlo, pues el texto es impreciso), dicho razonamiento es falaz. Es un caso, más o menos solapado, de lo que en lógica se denomina desde antaño falacia ad ignorantiam o falacia por la ignorancia. Este error en el argumento, consiste en sostener que una afirmación es verdadera porque no se ha demostrado su falsedad. Consecuentemente, quien cae en la falacia considera que se equivoca aquel que no demuestra la falsedad de una afirmación sobre la existencia de algo.
En el caso analizado, se supone que debe demostrarse la falsedad de la afirmación sobre la existencia de Dios o –más corto- que debe demostrarse que Dios no existe. Si no, es poco humilde afirmar que no existe el ente divino solo porque no se lo encontró.
Se considera a esta clase de argumentos falaces por principios lógicos fundamentales. Negar que sean falacias, conlleva la consecuencia ridícula de que –debido a que no se puede demostrar su inexistencia- es correcto afirmar la existencia de toda suerte de entelequias. Así, la realidad de lestrigones, Cthulu, de fantasma e hipocampos se podría sustentar, pues probar (lógicamente) su inexistencia es imposible. Y serían más humildes los incrédulos si no los negaran. El razonamiento de Sagot tiene una estructura lógica semejante a la de estos argumentos sobre seres mitológicos y/o de fantasía.
En cambio, lo correcto es que la responsabilidad de probar que algo existe cae sobre quien lo afirma. Así, refutar las pretendidas pruebas de la realidad del ente divino es suficiente para afirmar racionalmente su inexistencia. Precisamente, eso es a lo que se dedicaron pensadores no creyentes como Russell, Sartre y Dawkins. Consecuentemente, desde una moral intelectual racional, se infiere lo siguiente: quien afirma la inexistencia del ente divino, tras refutar sus demostraciones, no se comporta poco humilde o inadecuadamente.


 [1] Aparecido el día 17 de febrero del 2014 en la sección de opinión del diario La Nación. Visible en el link: http://www.nacion.com/opinion/foros/deben-probar-incredulos_0_1397260263.html

domingo, 26 de enero de 2014

El problema biológico de la herencia y el error de Darwin

          Alejandro Guevara Arroyo        

 Hace un tiempo, el historiador de la filosofía moderna y especialista en metafísica Juan Diego Moya le hizo una pregunta de interés al filósofo de la ciencia Oscar Navarro (ambos profesores de filosofía de la Universidad de Costa Rica). Es la siguiente: ¿por qué se dice con frecuencia que el darwinismo no podía dar cabal cuenta de la especiación biológica? Las siguientes reflexiones fueron motivadas por esta incógnita y pretenden tanto precisar la problemática como darle respuesta. Vamos a ello.
  En primer lugar debe tenerse en cuenta el contexto teorético en que se desarrolla el darwinismo. El darwinismo pertenece a un supra conjunto de cuerpos teóricos que pretendían dar cuenta del explanandum: ¿por qué y cómo hay diferentes especies de seres vivos? A esa gran pregunta la respuesta más antigua y duradera en la historia del pensamiento, llamada por fijista, establece que las especies han aparecido en su forma actual desde el inicio de la vida y que los eones no pueden introducir variaciones en ellas. El otro grupo de teorías, contrario al fijismo, afirma que las especies se transforman y que el estado actual es apenas un instante en la variante historia de la vida en este planta. Esto últimos se denominan transformistas.
  Ahora bien, Erasmus Darwin, el abuelo de Charles, afirmaba el transformismo, pero no brindaba ningún mecanismo sobre cómo se realizaba esa selección. Su nieto asumió dar respuesta a este asunto y gracias a ello ganó la inmortalidad en la historia del pensamiento científico. La idea clave de Darwin es que cada especie van siendo seleccionada por las propias condiciones ambientales de su ecosistema. Un individuo b de una especie z aparece y posee una característica que, para su medio ambiente, constituye una ventaja comparativa que le permite adaptarse mejor (i.e. sobrevivir) y transmitir esa característica a futuras generaciones. Tras el paso de muchas generaciones se puede considerar que existe una nueva especie x, conformada por individuos con las características triunfadoras en la lucha por la existencia de aquel individuo b. El mecanismo también es aplicable para explicar las especies desaparecidas y la diferenciación de adaptaciones de los seres vivos entre distintos ambientes. El propio Charles complementó su famosa hipótesis de la evolución de las especies mediante selección natural o lucha por la supervivencia, incluyendo la posibilidad de otros mecanismos de selectividad (v.g. la selección sexual).
  Arribamos al problema que motiva estas líneas. Se le cuestionó a Darwin cómo se transmitían esas características contextualmente superiores de un individuo a otro individuo, esto es, que mecanismo o leyes rigen la herencia individual. Evidentemente, debe existir un mecanismo sobre la herencia que sea adecuado y compatible con la teoría de la selección natural. Sí, hay individuos que surgen con alguna variación útil en su medio para sobrevivir y prosperar y los que, en cambio, tienen características poco propicias, a la postre pierden la lucha por la existencia. Sí, claro, se reproducen lo que sobreviven. Pero, ¿cómo se transmiten esas características? Sin esto, no sirve de nada la tesis de la lucha por la existencia.
La respuesta de Darwin, me temo, fue totalmente insatisfactorio e implicó un duro golpe al darwinismo durante varias décadas. En El origen de las especies Darwin señala que las leyes de la herencia son desconocidas. No obstante, acosado por el problema, posteriormente desarrolla una respuesta: cada padre trasmite la mitad de sus características a su progenie. Esta solución parcial al problema ya es totalmente inadecuada para la tesis de la evolución de las especies por medio de selección natural. Esto por la evidente razón de que si cada padre pasa sólo la mitad de sus características, tras pocas generaciones se habrá diluido el factor inherente de un individuo que le permitió ser un triunfador y la especiación por selección natural no se daría.
    ¿Si esto es así, por qué ha triunfado la evolución por medio de selección natural en la biología actual? Porque al tiempo que Darwin fallaba en dar respuesta al problema de la herencia, un monje austriaco estaba encontrando la solución adecuada. Gregor Mendel logró explicar adecuadamente las leyes de la herencia entre individuos, mediante un estudio que publicó tras mucho examinar distintas generaciones de guisantes que él cultivaba. El mundo científico no reconoció en su momento el logro que significó esta teoría y el propio Darwin dejó abandonada una copia del estudio que el propio Mendel le envió, perdido entre el montón de correspondencia que recibía el ya célebre inglés. La teoría en cuestión determinaba que existían unas características dominantes, que se expresaban fenotípicamente y unas recesivas, que en cambio tendían a no revelarse. Mediante las leyes que Mendel desarrolló se precisaba además la forma en que tales regularidades sucedían. Sobra decir que esto nos lleva directamente al estudio en genética y ADN contemporáneos.
          Como si fuera poco, la teoría de Mendel es lógicamente compatible con la teoría de la evolución por selección natural (y las otras formas de selección que la precisan) y científicamente se complementan. De forma que esta problemática dio como resultado un desarrollo teoréticamente más exacto y potente sobre las regularidades nomotéticas que rigen toda la naturaleza. 

Epígrafe sobre la función de la razón, la observación, la imaginación y la intuición en una epistemología criticista


“Neither observation nor reason are authorities. Intellectual intuition and imagination are most important, but they are not reliable: they may show us things very clearly, and yet they may mislead us. They are indispensable as the main sources of our theories; but most of our theories are false anyway. The most important function of observation and reasoning, and even of intuition and imagination, is to help us in the critical examination of those bold conjectures which are the means by which we probe into the unknown. 

Every solution of a problem raises new unsolved problems; the more so the deeper the original problem and the bolder its solution. The more we learn about the world, and the deeper our learning, the more conscious, specific, and articulate will be our knowledge of what we do not know, our knowledge of our ignorance. For this, indeed, is the main source of our ignorance--the fact that our knowledge can be only finite, while our ignorance must necessarily be infinite.”

Karl Popper, 'Conjectures and Refutations'.

sábado, 11 de enero de 2014

De los buenos gobernantes a las buenas soluciones

Alejandro Guevara Arroyo


 Hacia 1943, K. R. Popper [1902-1994] publicó dos voluminosos tomos sobre un tema lejano a las materias que ya por aquellos años le habían brindado algún reconocimiento académico. El libro en cuestión se intituló “La sociedad abierta y sus enemigos” y presentaba un amplio análisis crítico de ciertas filosofías políticas y de varios de los más grandes filósofos políticos de la historia occidental. “Los grandes hombres puede cometer grandes errores y (…) algunas de las celebridades más ilustres del pasado llevaron un permanente ataque contra la libertad y la razón”. El deseo de Popper fue el evidenciar los errores de tales teorías y mostrar cómo, incluso aquellas que no lo pretendían, contenían elementos que muy pronto llevaban a formas de totalitarismo dictatorial. Así, somete a Platón, a Aristóteles, a Hegel y a Marx (o por lo menos al llamado ‘marxismo científico’) a una potente batería de críticas.
No es mi intención aquí defender o defenestrar, en todo o en parte, esa obra de Popper. En cambio, deseo rescatar una idea puntual que considero de mucha importancia en el análisis político. Y es la siguiente. A partir de Platón, en la política se encuentran obsesionados con solucionar el problema ¿quién es el mejor gobernante-soberano?, presuponiendo que una vez solucionado esto se obtendrá un justo camino para cualquiera desarrollo político y el respectivo avance social. De tal forma, se ha dicho que el más sabio debe gobernar; o mejor toda la ciudadanía. O quizá sea la nación la que puede y debe brindar el recto camino y si no es esta, pues entonces deben ser los proletarios una vez se hayan liberado de la opresión capitalista. O a lo mejor una opción totalmente diferente: Dios es el mejor gobernante y la soberanía descansa en sus representantes en esta tierra (esta respuesta fue explícitamente defendida por el ayatola Khoemini como justificación de la república Islamista de Irán). O unos u otros. Pero alguien debe ser el correcto dirigente, el líder. Aquel que mostrará el mejor y justo camino hacia una vida libre desgracias. Y esta idea no solo se encuentra entre los grandes académicos, sino que está calada en la opinión regular de las personas de toda estirpe.
Lo que aquí quiero decir es sencillamente lo siguiente: tal doctrina parte de un problema que es tanto falso como perjudicial. Esa búsqueda del correcto gobernante debería dejar de dominar al pensamiento académico y político-social y ser sustituida por dos preguntas más concretas: La primera fue la específica sustitución que propuso Popper: ¿En qué forma deben organizarse las instituciones políticas para que los malos gobernantes no hagan mucho daño? (sobre el que referiré en otra oportunidad). Una vez solucionado esto, tenemos la cuestión de cómo lograr un buen gobierno. Pero aquí debemos atender al siguiente problema.
El segundo problema es, ¿cuáles son –o pueden ser- las soluciones adecuadas a los problemas sociales que nos afligen (y cómo evaluarlas)? (este es también parte de las consideraciones del mismo pensador austriaco, y, por así decirlo, la otra cara de la moneda de la deconstrucción crítica del problema del buen gobernante). En síntesis: el primero se preocupa por el problema de los gobernantes y el segundo, por el problema de la política.
Quizá no resulte impactante de entrada tal planteamiento, pero un ejemplificación puede mostrarnos la diferencia radical. Mientras que desde la perspectiva tradicional el análisis de la situación política de un país se enfoca casi exclusivamente en los políticos de turno y, si las cosas no van bien, busca un gran líder que saque al país de sinuosas dificultades (el caudillo carismático tantas veces visto en Latinoamérica y otras partes del mundo sub-desarrollado durante el siglo XX), la segunda posición se preocupa por encontrar los problemas y soluciones concretas y las formas de evaluar sus características y su idoneidad. Quién señale las críticas y defienda ciertas soluciones importa poco. Lo relevante son las críticas y las soluciones, ellas mismas.
Como dije, creo que el problema del buen gobernante es tanto falso como perjudicial. En primer lugar, es una posición falsa, según lo que se sabe de las personas y nos ha ejemplificado la historia en tantas ocasiones. Aquí no presento un gran descubrimiento, únicamente vengo a recordar que, quiéranlo o no, las personas comenten errores en sus decisiones y en sus acciones (aún las bien intencionadas) y lo mismo es cierto para los partidos políticos o los grupos de personas. Y esto sin tener en cuenta el fantasma de la concentración tiránica de las potestades de gobierno ante el que tantos individuos han sucumbido a través de la historia. De forma que en realidad no puede darse solución al problema del buen gobernante, pues no hay garantía de que alguien pueda ser el buen gobernante en los términos pretendidos (i.e. el líder que guíe por el buen camino).
En segundo lugar, quiero señalar dos consecuencias indeseables del problema del buen gobernante. Ambas tienen una correlación muy cercana: la primera es que invita al dogmatismo y al fanatismo, que considero peligrosos, pues una vez que alguien cree haber encontrado al buen gobernante, lo que haga este queda automáticamente inmunizado contra la crítica (ya que no se equivoca, en acuerdo con el supuesto falso ya denunciado líneas atrás). La segunda, como dije está muy relacionada con la anterior. Si uno se dedica a buscar razones para creer que alguien es un buen gobernante, saca de foco precisamente algo de importancia humana clave: los problemas reales que sufren las personas, sus causas y sus posibles soluciones. Concentrados los esfuerzos mentales en el buen gobernante, desaparecen las personas y sus martirios, que para cualquiera que se sienta aquejado por la compasión y la empatía, deberían más bien mantenerse en primer plano.
En suma, estas son las críticas generales que encuentro en tal perspectiva de la política. Valgan algunas aclaraciones. Evidentemente, cada una de las teorías que responden al problema del buen gobernante, parten de una base antropológica diferente a la que he defendido. Lo que digo es que tal base antropológica, en la cual hay personas que ni siquiera cometen errores, es falsa. No obstante, la refutación de cada una de tales teorías es materia de un tratado (como el de Popper), tarea que aquí ni siquiera he intentado aquí. En segundo lugar, debo precisar que no estoy defendiendo que las personas, en la vida política práctica, no tengan en cuenta quién dice qué. Empero, sí creo que no debería ser lo único ni lo principal que captara su atención en el análisis político real; y aún menos en el estudio político académico.  En vez del gran líder, deben interesar las buenas soluciones.